
- Homenaje en la concentración del Movimiento por los Presos Políticos Saharauis (MPPS) ante Exteriores al joven Saïd Dambar, asesinado en circunstancias nunca esclarecidas. Su familia sigue reclamando la verdad, una autopsia independiente y justicia.
Contramutis.-
Hace quince años fue asesinado el joven saharaui Saïd Dambar, de 26 años, en El Aaiún, capital del Sáhara Occidental ocupado, en circunstancias nunca esclarecidas, y su familia sigue reclamando lo mismo que exigió desde el primer día: verdad, una autopsia independiente y justicia, pero solo ha habido silencio oficial, encubrimiento, represión y castigo colectivo.

En la concentración que el Movimiento por los Presos Políticos Saharauis (MPPS) realiza todas las semanas, desde hace cuatro años, ante el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la Plaza de la Provincia de Madrid, se rindió un homenaje a Saïd Dambar con una pancarta del colectivo Intifada Saharaui.
En un comunicado, Intifada Saharaui indica que el joven saharaui fue asesinado la noche del 22 de diciembre de 2010, apenas mes y medio después del violento desmantelamiento del campamento de Gdeim Izik, levantado pacíficamente a las afueras de El Aaiún para reclamar derechos sociales y políticos del pueblo saharaui, episodio que marcó un punto de inflexión represivo: muertos, decenas de detenidos y condenas que llegaron hasta la cadena perpetua.
Said salía de un cíber de ver un partido de fútbol. Era de noche. Se topó con la policía y recibió un disparo a bocajarro en la frente. Los suyos no recibieron noticias hasta la madrugada y no les dejaron pasar a verle al lugar donde le mantenían con vida artificialmente, recuerda el comunicado.
Nunca le volvieron a ver. La policía de ocupación le tuvo un año y siete meses en la morgue. Después desapareció su cuerpo. La familia no le pudo enterrar.
“Cada día 22 su familia le rinde un pequeño homenaje. Extiende una pancarta con su foto formando un pequeño altar y lee un documento en su recuerdo. La policía rodea la manzana y calles adyacentes para que nadie se sume al acto. Estos 180 homenajes han visto cómo la policía irrumpía en la casa pegando e hiriendo a los allí presentes, incluida la madre, mayor; cómo tiraba piedras contra puertas y ventanas de la fachada; cómo algunas personas se cobijaban en la casa la víspera del acto para no ser detectadas por la policía”, informan desde Intifada Saharaui.
El 22 de diciembre se cumplieron 15 años del asesinato y sigue la represión contra una familia que llora a su hijo; nadie ha sido condenado.
Denuncia la impunidad marroquí
Durante la Conferencia Europea de Apoyo y Solidaridad con el Pueblo Saharaui (EUCOCO), celebrada a finales de noviembre en Paris, un hermano de Said, Driss Dambar, exiliado en España, alzó su voz para denunciar la impunidad estructural que impera en los territorios saharauis bajo ocupación marroquí.
Relato que su hermano, licenciado en Economía, no era un joven violento ni temerario. Horas después de su desaparición varios funcionarios se presentaron en el domicilio familiar. A partir de ahí comenzó una sucesión de versiones contradictorias: una supuesta pelea, un disparo policial “accidental”, un traslado urgente al hospital. La familia apenas pudo verlo de lejos, con la cabeza vendada y conectado a máquinas. Tres horas después, se les comunicó su muerte.
Desde el primer momento, la familia exigió recuperar el cuerpo y practicar una autopsia imparcial. Nunca se les permitió. Quince años después, siguen sin saber dónde fue abatido Saïd, en qué circunstancias exactas ni quién disparó. El estado de la ropa devuelta, las incoherencias del relato oficial y la negativa sistemática a una investigación independiente refuerzan la convicción de que Saïd Dambar fue víctima de una ejecución extrajudicial con un arma del Estado marroquí.
Driss Dambar explicó en París, testimonio recogido por el semanario Politis, que las autoridades marroquís comprendieron pronto que no estaban ante una familia dispuesta a aceptar compensaciones a cambio de silencio. Hubo intentos de compra de voluntades, ofertas de empleo, presiones directas. Todo fue rechazado. Lejos de rendirse, la familia decidió transformar el duelo en resistencia y recordar a Saïdcada día 22 de mes.
Aquellas conmemoraciones convirtieron la casa familiar en El Aaiún en un símbolo de dignidad y desafío. Vecinos y activistas acudían para mostrar su apoyo, hasta que la policía comenzó a cercar la vivienda. Aun así, la gente encontraba la forma de llegar, incluso pasando por las azoteas. Las imágenes circularon por redes sociales. Con el tiempo, la represión se intensificó: registros, agresiones, hostigamiento permanente.
Ocho meses después del asesinato de Saïd, el padre de la familia murió, hundido por la presión y la enfermedad. Tampoco entonces se permitió un duelo normal: su cuerpo fue retirado del hospital y enterrado discretamente para evitar que el funeral se convirtiera en un acto de protesta. La persecución continuó. Driss fue despedido de su trabajo; después llegó el chantaje explícito: recuperar el empleo a cambio de enterrar a su hermano sin autopsia. Se negó. Sus hermanas y hermanos fueron expulsados de la administración. Incluso su madre, hoy con 80 años, sufrió agresiones físicas.
La represión no fue solo política, sino también social y económica. Driss se vio obligado a sobrevivir con trabajos precarios en distintas ciudades marroquíes. La presión constante terminó afectando gravemente a la vida familiar: separaciones, divorcios, exilio. En 2014, una invitación a Canarias para dar testimonio abrió una vía de salida. Poco después obtuvo asilo político en España. Hoy vive y trabaja en Canarias, Su hijo permanece en el Sáhara Occidental con su madre; apenas han podido verse desde su salida.














